Desde que fui dejado en el orfanato y hasta que salí del mismo, con 18 años, esta institución cambió de lugar y a veces de la forma en que era identificada, siendo “hospicio” y “colegio residencia provincial” los más habituales; aunque para mí siempre será “el orfanato”.

No es posible entender las cosas que han sucedido sin mirar hacia atrás para descubrir los orígenes y principalmente el entorno donde se dan lugar los hechos que no solo marcan, sino que además hieren por fuera y dejan una profunda huella interior, de las que no se borran con el paso del tiempo, pero que se acaba silenciando para continuar con la vida.

En los años 60 tener hijos fuera del matrimonio, en España, para muchas madres era como una cruz en sus espaldas que les lastraba la vida, principalmente en su juventud. A esto había que sumarle el rechazo que estas madres, la mayoría adolescentes, sin experiencia de vida, se veían obligadas por la necesidad a vivir en la casa de sus padres, muchos de ellos con una cultura y forma de vida algo anticuada, donde la moral y “el qué dirán” cobraban especial relevancia en pequeños pueblos, por lo que no eran pocas las madres solteras y sin experiencia las que acababan dejando a sus retoños en orfanatos, «casas cuna» o en manos de familias adineradas que por unas pocas pesetas tomaban cuenta de ellos.

En mi caso, al ser engendrado fuera de un matrimonio tradicional, estaba ya condenado desde la cuna a terminar en un hospicio u orfanato; llámalo como mejor te parezca, para mí solo tiene una definición «infierno en vida».

Al vivir mi progenitora en casa de sus padres, mis abuelos maternos, -a los que tardé muchos años en conocer-, para ellos tener que arrastrar un nieto en la casa concebido «en el pecado», según se entendía en ese momento, y mal aconsejados por miembros de la iglesia, que ya se sabe que en los pueblos esta ejercía presión y doctrina, era una carga que no estaban dispuestos a tolerar y la salida para mi madre era dejarme a mi suerte en un orfanato y que la caridad se hiciese cargo de todo.

Lo cierto es que acabé en un orfanato gestionado por las Hijas de la Caridad, una congregación de monjas que se suponía que estaban para ayudar a los pobres y desfavorecidos, aunque con el paso de los años fui descubriendo que no había tanta caridad y si mucha disciplina, dolor y sufrimiento bajo su tutela. Allí me llevó el hermano de mi madre, mi tío, por petición expresa de ella, -algo que supe muchos años después- para que fuese entregado a las monjas del orfanato para que se hiciesen cargo de mí.

 

¿Cómo es vivir en un orfanato?

 

Se trataba de un lugar gestionado administrativamente por la Diputación Provincial, y que desde mediados de la centuria decimonónica estaba a cargo de las Hermanas de la Caridad. Este hospicio también se sostenía gracias a los trabajos derivados de su imprenta y de unos talleres textiles, muy poco rentables debido a las pocas cualificaciones de los menores para estas faenas, que además eran víctimas del hambre y el frío.

Vivir en un orfanato en la España de finales de los años 60 era una experiencia tremendamente dura y gris para cualquier niño sin progenitores o personas que lo pudiesen cuidar. Se trataba de un lugar donde los castigos físicos y los dogmas eran moneda corriente, conviviendo en enormes dormitorios comunes, llenos de camas, y con recursos bastante limitados. La comida solía ser escasa y de poca calidad nutricional, a base de platos como cocidos o verduras hervidas.

A nivel educativo, solo recibíamos nociones básicas de cultura, matemáticas, geografía de España y, sobre todo, una intensa formación católica y moral. No existía ningún tipo de intimidad o espacio personal, y los horarios para todas las actividades estaban completamente regimentados, hasta el punto que llegar tarde a alguna de las actividades propias del día a día podía acabar en un castigo físico. El contacto con el exterior era prácticamente nulo o estaba sujeto a las salidas puntuales que hacíamos con las monjas a sitios específicos.

 

Orfanato Provincial de Valladolid
Foto de la Fundación Joaquín Díaz

Orfanato Provincial de Valladolid · Pza. Trinidad
Foto de la Fundación Joaquín Díaz


 

Decir que en este lugar no existían los malos tratos, los abusos o las agresiones sería mentir, aunque siempre he preferido esconder o silenciar esta verdad y transmutar el dolor sentido, porque es más fácil callar que revelarse, al final, los que lo intentaban, ya en su adolescencia, acababan en el reformatorio o sencillamente no volvíamos a saber más de ellos.

No digo que se les hiciese desaparecer, pero amedrentar su voluntad era algo naturalizado entre aquellas paredes, pues no había un control sobre el tipo de disciplina que se ejercía sobre nuestras cabezas, y cuerpo, sencillamente se hacía y no había espacio para la contemplación.

La vida en el orfanato no fue nada fácil al principio, sobre todo hasta los 8 o 9 años, pues durante el día estábamos gobernados por las monjas y en los ratos de asueto, en los patios, por los celadores y a merced de algunos de los chicos mayores, siendo esto palabras mayúsculas.