¿Qué es la pederastia clerical?

 

Definición de la pederastia según la RAE

Definición de la pederastia según la RAE

 
 

Aunque hay diferentes tipos de ámbitos donde pueden darse casos de abuso a menores, centro este artículo principalmente en la pederastia clerical, sin un fin torticero, simplemente por alusión propia.

 

Se puede definir la pederastia clerical como el abuso sexual perpetrado por un adulto hacia un menor de edad, generalmente un niño o niña que no ha alcanzado la pubertad, que en contextos legales se extiende a personas adolescentes, hasta los 18 años.

Este abuso implica una relación de poder desigual, donde el adulto explota la inocencia, la confianza o la dependencia del menor para satisfacer sus propios deseos, mediante contacto físico.

Estos abusos dejan una enorme huella en la mente del menor abusado que puede derivar en trastornos como el estrés postraumático, ansiedad, depresión o dificultades para establecer vínculos afectivos en la etapa adulta.

 
 

El ámbito de la pederastia

 

NOTA: a lo largo de esta sección y en todo el artículo hago referencias casi siempre a víctimas de sexo masculino y a victimarios varones, pues son el grueso de la estadística del abuso a menores, lo que no quiere decir que esto no afecte también al sexo femenino, ya sea víctima o abusadora.

 

Estadística de abusos a menores destacada por sexo - Fuente: INE

 

La gráfica muestra casos denunciados y condenados entre los años 2017 y 2024, según fuentes del Instituto Nacional de Estadística (INE).

 

Es cierto que estoy abordando de forma significativa la pederastia clerical, pues es el ámbito que, por desgracia, más conozco, aunque no el único en que se sufren los abusos de esta naturaleza.

La pederastia suele darse en entornos donde los adultos tienen acceso directo y con autoridad sobre los menores, lo que facilita la manipulación y el encubrimiento de los actos delictivos.

 

Los ámbitos habituales son:

  • La familia o entorno familiar con convivientes de primer y segundo grado.
  • Los centros educativos de régimen abierto o internados. Esto incluye centros públicos y privados, laicos o supervisados por diócesis.
  • Las instituciones religiosas, iglesias, parroquias, conventos, residencias juveniles religiosas, etc.
  • Entornos sociales o comunitarios, como los centros culturales, juveniles, campamentos o internados.
  • Ámbito digital, que es uno en los que más rápido ha escalado este tipo de casos, dando lugar al sexting, grooming, acoso sexual online, etc.

 

Uno de los contextos más habituales es el familiar, donde el abusador puede ser un padre, tío, hermano mayor u otro pariente cercano, en la mayoría de casos, del sexo masculino, aunque se dan denuncias también de casos perpetrados por mujeres, adultas en su mayoría.

Se trata de un ámbito donde el menor suele sentirse atrapado, ya que el abusador es alguien del que depende emocional o económicamente, y el miedo a romper la familia o no ser creído lo lleva a silenciar los abusos.

Otro ámbito frecuente es el educativo, ya sea en centros educativos o en la práctica de actividades extracurriculares, donde profesores, entrenadores o monitores pueden aprovechar su posición de autoridad para acercarse a los menores bajo la fachada del cuidado o la enseñanza.

Además, la confianza que los padres depositan en estas figuras hace que los menores sean más vulnerables y que los abusos pasen desapercibidos durante mucho tiempo, mientras no exista denuncia.

Sin embargo, el ámbito religioso o eclesiástico, más visibilizado en las últimas décadas, y que dio el salto a la pantalla en películas como Spotlight, exponiendo a sacerdotes, monjas u otras figuras de autoridad espiritual, acusándolos de cometer abusos contra menores.

En todos estos ámbitos, y en otros no detallados aquí, el factor común es la asimetría de poder y la vulnerabilidad del menor, con un enorme componente de coerción y prevalimiento, sumando la falta de herramientas por parte del menor para identificar el abuso, defenderse o buscar ayuda.

 
 

Pederastia silenciada en la Iglesia

 

La pederastia en el ámbito religioso, o pederastia clerical dentro de la Iglesia Católica, ha sacudido de forma diferente a la sociedad en las últimas décadas, no por las cifras, sino por el peso simbólico y emocional que conlleva.

Los casos dentro de la Iglesia adquieren una relevancia desproporcionada debido al papel que esta institución desempeña en la sociedad católica y laica en general.

La Iglesia es un espacio de culto, un pilar pastoral, docente y espiritual que moldea los valores, la moral y la confianza de las familias, lo que hace que la traición de esa confianza sea especialmente devastadora.

Sufrir abusos por parte de un cura o una monja, sobre todo si estos tienen relación directa en los cuidados o educación del menor, provoca un impacto devastador porque el abusador no solo traiciona la confianza del niño, sino también la fe y los valores que representa, lo que puede, además, generar una crisis espiritual junto con el trauma emocional.

La Iglesia Católica, por ejemplo, ha enfrentado numerosos escándalos a nivel global, y en España, la Conferencia Episcopal ha sido señalada por su resistencia a investigar estos casos de manera transparente, lo que agrava el daño al silenciar a las víctimas.

A lo largo del siglo XX, la Iglesia en España, además de institución religiosa, ha sido un pilar de poder social y político, llegando a entrelazarse con el Estado.

Bajo esta posición de influencia ha ido construyendo una coraza de intocabilidad, donde admitir fallos graves, como los abusos a menores, sería visto como una amenaza a su legitimidad.

Esto refleja un mecanismo de defensa institucional, pues la negación y la minimización del problema permiten evitar el cuestionamiento de su papel como guía moral, algo que acaba erosionando la confianza de sus fieles y de la sociedad en general.

Durante décadas, la respuesta habitual a las denuncias fue trasladar a los sacerdotes acusados a otras parroquias, (algo que yo he podido constatar siendo menor de edad y en mis primeros años de adulto), o someterlos a procesos internos bajo el Derecho Canónico, en lugar de poner los casos detectados o denunciados en manos de las autoridades civiles.

Bajo este enfoque de autoconservación institucional, donde la prioridad es proteger a los miembros del clero y evitar el escándalo público, más que atender a las víctimas, el silencio ha sido siempre la moneda de cambio.

La cúpula de la Iglesia Católica sufre una especie de disonancia cognitiva, al mostrarse como defensora de la moral y la justicia y luego actuar de manera contraria a esos valores encubriendo a los abusadores, lo que genera una tensión interna que soluciona mediante el silencio o la minimización del problema de pederastia clerical.

Dejando un poco al margen cifras y ámbitos, quiero centrar el resto del artículo en explicarte algunas formas de identificar posibles casos de abuso para proteger a tus hijos o menores bajo tu responsabilidad o tutela.

NOTA: no se trata de un manual de aplicación ‘al uso’, pues no soy psicólogo ni terapeuta social, por lo que son más bien una serie de pautas a tener en cuenta, fruto de la propia experiencia y de los casos vistos durante estos años, principalmente desde que he decidido hablar de ello abiertamente.

 
 

Señales de alerta: Cómo identificar el riesgo

 

No siempre es fácil detectar si un menor está siendo víctima de abuso por parte de un adulto, ya que a menudo no tienen las herramientas para expresar lo que les está ocurriendo, especialmente si el abusador es alguien en quien confían o al que temen.

Uno de los indicadores más significativos es un cambio repentino en el comportamiento del menor, que puede manifestarse de diversas formas dependiendo de su edad y personalidad.

Por ejemplo, un niño que antes era extrovertido y juguetón puede volverse retraído, ansioso o inusualmente callado, mientras que otro podría mostrar irritabilidad, enfados frecuentes o comportamientos regresivos, como orinarse en la cama, chuparse el dedo, o tener movimientos inusuales que no eran habituales.

Estos cambios suelen ser una señal de que el menor está experimentando un estrés emocional intenso, y aunque no siempre indican abuso, deben ser tomados en serio, especialmente si persisten o se intensifican con el tiempo.

Por experiencia propia, y ahora como adulto, que he tenido que repasar con lupa todos los recuerdos de mi infancia una y otra vez, encuentro que hay marcadores que se dan en los casos en los que se está sometido a abusos perpetrados por adultos.

La indisciplina o rebeldía esporádica que se puede dar en un menor, entre los 12 y 17 años aproximadamente, puede ser un indicador, como en mi caso lo fue, aunque nadie captó las señales.

Es fácil confundir comportamientos en esta fase de la vida de un menor, que desde la perspectiva de un adulto pueden tildarse de propios de la edad, cuando eso está lejos de ser demostrable.

Si tu hij@ tiene desde edades tempranas un comportamiento estándar, digamos que normal, mantienes una buena comunicación verbal y afectiva con él/ella, debería servirte como “señal de alerta” el que de repente, como de la nada, empiece a tener comportamientos más agresivos, esquivos e incluso de disconformidad frente a tus normas.

No siempre son señales que se detectan rápidamente, y tampoco todas ellas tienen por qué estar relacionadas con episodios de abusos, ya que lamentablemente el “acoso escolar” o bullying puede estar también detrás de este tipo de comportamientos.

La retracción social, principalmente de su entorno habitual de amigos, familiares de segundo grado y otros, son otra forma de expresión del menor cuando pasa por situaciones de abuso donde la coerción y amenazas del adulto para que no hable de ello forma parte de la estrategia para separarlo de sus círculos de influencia más directa.

Importante también observar la relación del menor con su cuerpo y con el contacto físico, ya que el abuso a menudo genera una percepción distorsionada de ambos.

Si bien que este comportamiento se puede dar en menores con espectro autista, independientemente del tipo de TEA que les afecte, en la mayoría de casos, un menor con una relación normal habitual con su cuerpo, al estar sometido a abusos físicos o sexuales puede comenzar a retraerse, detestar su cuerpo e incluso abandonar hábitos saludables como el deporte o la higiene personal.

Si tu hij@ está siendo abusad@, puede mostrar una aversión repentina al contacto, incluso con personas de confianza, como evitar abrazos o tensarse cuando alguien se le acerca.

Cabe la posibilidad de que exhiba un comportamiento sexualizado que no corresponde a su edad, incorporando un lenguaje o gestos explícitos, o un interés inusual en temas sexuales que no ha aprendido de manera natural.

A ningún niño por debajo de los 14 o 15 años suelen interesarle las cuestiones relacionadas con el sexo, la sexualidad no educativa –que sí debería existir en su hogar desde temprana edad—, y nada relacionado con el material MESI o sexual, a menos que se trate de una conducta inducida.

Esto puede ser el resultado de haber sido expuesto a conductas inapropiadas por parte del abusador, quien a menudo normaliza estas acciones para manipular al menor.

También es cierto, –y lo digo como adulto abusado en la infancia– que estos comportamientos no deben ser juzgados ni castigados, sino entendidos como una posible señal de que el niño está procesando una experiencia traumática que no sabe cómo gestionar y para la cual no tiene las herramientas adecuadas de abordaje para denunciar.

El entorno donde el menor pasa tiempo también puede ofrecer pistas importantes. Si el abuso ocurre en un ámbito específico, como un centro educativo, la parroquia o el hogar, el menor abusado podría mostrar miedo o rechazo hacia ese lugar o hacia la persona implicada.

Por experiencia propia puedo decirte que se puede dar el caso de rechazo a los lugares donde se han producido hechos no deseados como que, de repente, aunque de forma fraguada por el adulto, se produzca un vínculo emocional positivo hacia su abusador o victimario, producto del mecanismo de supervivencia que el menor aplica para minimizar la situación.

 

Las Salinas - La sacristia improvisada

Lugares de recuerdos dolorosos como esta habitación, a la que regresé 53 años después para intentar cerrar heridas

 

Esta dependencia emocional, derivada de la inmadurez del menor en estas edades, puede dar lugar a un “síndrome de Estocolmo” en toda regla, hasta el punto de llegar a sentir apego, lealtad o incluso gratitud hacia su abusador, a pesar del daño que le está causando.

Podría extenderme en los diferentes tipos de señales que pueden darse en situaciones de un menor que está siendo abusado o ha pasado por un episodio puntual de esta naturaleza, pero mejor me centro en algunos puntos de prevención.

 
 

Medidas prácticas para prevenir los abusos a menores

 

Aquí no vas a encontrar un decálogo de prácticas que debes aplicar para que tus hij@s no sean víctimas de abusos por parte de adultos, en cualquier ámbito, ya que no soy docto en la materia ni el objetivo es sentar cátedra al respecto.

Apenas son algunas indicaciones, la mayoría basadas en la propia experiencia, que puedan servirte como madre, padre o persona responsable de menores, para protegerlos.

 

  • Hablar y escuchar todo lo que el menor tenga que decir, por inverosímil que parezca.
  • Observar su forma de vestirse, sobre todo si cambia de forma radical en un plazo demasiado corto de tiempo.
  • Tener charlas sobre sexualidad enfocadas de forma “educativa” en casa, con el/los menores, para que entiendan su sexualidad, en la fase que les corresponda, de forma sana y natural.
  • Promover actividades con sus grupos de amig@s del colegio y del entorno familiar para analizar su comportamiento social.
  • Revisar sus ropas cuando las pone a lavar, pueden darte pistas importantes. No se trata de hacer de detectives, pero sí ayuda a encontrar señales.
  • Monitorizar su actividad digital, utilizando para ello aplicaciones de control parental que limiten su acceso a contenido MESI o MASI y que los exponga a posibles depredadores digitales.
  • Prestar atención a sus dibujos y lo que escribe, tanto de forma ociosa como dentro de sus actividades escolares ¡siempre hay pistas!
  • Hablar y escuchar, hablar y escuchar y finalmente escuchar, escuchar y escuchar.

 

Pueden parecerte obviedades la mayoría de cosas citadas en esta lista breve –que es más extensa de lo que imaginas–, pero te sorprendería saber la cantidad de progenitores y educadores con acceso a menores que desconocen las prácticas para la prevención y detección del abuso sexual infantil.

 

NOTA: si quieres que te detalle esta lista en otro artículo, deja un comentario abajo, indicando qué puntos debería incluir y cuáles de los citados desconocías, para que pueda abordarlos en un próximo contenido.

 
 

La responsabilidad compartida

 

Como víctima, subrayo que la pederastia clerical no es solo un acto de violencia física, sino una violación profunda de la confianza y la seguridad que un niño necesita para desarrollarse.

Comprender dónde y cómo ocurre es el primer paso para prevenirla, proteger a los menores y apoyar a las víctimas en su proceso de reconocimiento del daño sufrido, pues es un camino que requiere empatía, validación y un compromiso colectivo para romper el silencio que tanto daño ha causado.

Esta responsabilidad debería estar compartida entre familias, sociedad y la Iglesia Católica (u otras confesiones), de forma que tanto la información como los casos que se detecten confluyan en acciones preventivas y correctivas.

No puede ser que se señalen únicamente determinados ámbitos donde se produce el abuso sexual infantil y desde estos se mire a izquierda y derecha para entonar el “y tu más”, pues no es de recibo en la actual sociedad del siglo XXI.

 
 
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Ángel Campos
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