El balneario de «Las Salinas» estaba a unos 5 kilómetros de Medina del Campo, en pleno campo rodeado de pinares, campos de trigo y cebada y dehesas de toros.

Hubo un tiempo que fui feliz en este lugar, cuando era un chaval de 12 o 13 años, y pensaba que en verano, de vacaciones escolares, estar en aquel lugar era como un regalo, ya que teníamos una piscina donde bañarnos por las mañanas y las tardes de calor, podíamos correr por los trigales ya crecidos y subirnos a los pinos a buscar nidos de paloma, correr por los lindes de las dehesas de toros para sentir la adrenalina frente a aquellos enormes astados, negros como el azabache, “éramos niños y soñar costaba muy poco”.

Entender estos pasajes pasa necesariamente por situarse en otros momentos, muy al principio, que fueron también de dolor, donde el abuso, en su más básica forma, la violencia física y psicológica ejercida por un adulto hacia cualquier menor de edad, que no asiste a los hechos en igualdad de condiciones y que siempre es el perdedor sin posibilidad de defenderse y quien acaba guardando silencio.

Cabe decir que desde muy pequeño, ya en el orfanato, y sobre todo a partir de que Sor Felisa falleció, y que fue la única monja que creo que se hizo cargo de mí de manera responsable, casi sustituyendo el papel de una madre, las cosas cambiaron mucho, principalmente a partir del traslado a la inclusa provincial, otro centro gestionado por la Diputación provincial, para niños de muy temprana edad, algo parecido a una guardería, en régimen de internado permanente. Tengo vagos recuerdos del lugar, sobre todo de aquellas pequeñas habitaciones con enormes armarios, camas cuna de mediano tamaño donde dormíamos y los patios de juegos que visitábamos de cuando en cuando, acompañados por alguna de las monjas al cuidado. Aún siento la sensación de biruji que aquel lugar me producía, donde siempre tenía hambre y pasaba mucho tiempo solo; pero mejor sigo hablándote de «las Salinas».

«Las Salinas» en pleno invierno era un lugar muy gélido, casi glacial, ya que este sitio estaba pensado para las estaciones estivales, donde pasábamos los veranos los chicos y chicas que o bien no teníamos padres, al menos conocidos o nos habían dejado allí por no poder cuidarnos. No era un lugar preparado para pasar los inviernos propios de las tierras de Castilla, donde el frío y el viento azotaban a veces sin piedad, y las heladas por la mañana podían ser de algunos grados bajo cero.

El camino desde mi cama hasta la piscina se hizo eterno, y eso que probablemente no habría más de 60 metros, saliendo por el pasillo que enfilaba la puerta del dormitorio, hacia la puerta principal del edificio, y luego por el patio exterior hasta las escaleras de la piscina, que estaba construida sobre un promontorio de tierra de unos 2 metros de altura. Me hizo subir las escaleras casi en volandas, mientras seguía asegurando mi brazo izquierdo con sus dedos que pellizcaban mi carne hasta un punto que el dolor era indescriptible.

Había carencia de muchas cosas y especialmente de lumbre para calentarse. Estaba siendo un invierno muy crudo, por lo que el frío era quizás lo más acuciante, que tratábamos de paliar todos reunidos en una sala habilitada como salón de juegos y televisión, porque tenía una enorme estufa de hierro fundido que propiciaba buen calor cuando el señor Antonio la encendía, que no era todos los días, por lo que al final suplíamos su falta con carreras o correrías de chiquillos por aquel salón de juegos que muchas veces se convirtió en nuestro pazo, en el campo de batalla de las contiendas que organizábamos después de ver alguna película en blanco y negro de espadachines o piratas.

Las Salinas eran unas colonias de verano en mitad del campo, rodeado de trigales, dehesas y pinares. Los veranos, y algún invierno, se convirtieron en diferentes allí.