¿Por qué un adulto espera 3, 4 o 5 décadas para denunciar su caso de abuso sexual infantil?

Con esta pregunta lanzada recientemente en una conocida red social, he querido abrir espacio para la explicación necesaria, que no erudita o profesional, pues no me compete al carecer de la formación técnica adecuada en el ámbito de la psicología o psiquiatría.

 


 

Sin embargo, no deja de ser una pregunta que a muchas víctimas nos toca responder una y otra vez, para diferentes medios de comunicación que lo consultan, quizás con la intención secundaria de generar controversia, o incluso cuando familiares y amigos cercanos que descubren los hechos porque han sido difundidos en redes o medios, no acaban de entender ¿por qué ahora?.

La perspectiva limitada, una gran falta de información, los muchos prejuicios actuales existentes hacia quienes han sufrido abusos, la necesidad de entender comportamientos irracionales, la simple comparación social o la inseguridad llevan a muchas personas a interpretar las acciones de los demás desde su propio marco de referencia, generando malentendidos y juicios rápidos.

Hace falta más empatía y una comprensión más completa y respetuosa de las decisiones ajenas. Cuando una víctima de ASI decide hablar, no es por generación espontánea o conveniencia del momento, sino porque ha tenido lugar un evento o hecho relevante en la vida de esta persona que la lleva a tener que narrar lo sucedido a otras personas, a veces al mundo, sin filtros, para de alguna manera, liberarse de esta pesada carga soportada durante décadas.

No es fácil dar el primer paso, probablemente más del 90 % de las víctimas de abuso nunca lo den. Pesa demasiado la presión social y familiar, y ante una falta de empatía tan grande alrededor, el silencio se presenta como el mejor bálsamo para el dolor interior.

 

Vergüenza y trauma

 

Dos elementos clave a la hora de entender por qué un adulto que en su niñez sufrió abusos de poder, maltratos físicos o afectación a su sexualidad son la vergüenza y el trauma y ambos suelen ir juntos y coexisten en la mente de las personas que han pasado situaciones de esta naturaleza, sea en el ámbito que sea.

El temor y la vergüenza que una víctima de abuso sexual infantil padece viene dado de los episodios traumáticos vividos durante una etapa crucial del desarrollo emocional, social y del pensamiento.

En muchos casos, el abuso viene de un familiar cercano o una figura de autoridad (profesor/a, religioso/a, entrenador/a, etc.) lo que confunde al niño sobre lo que está bien o mal y que el abusador aprovecha para garantizar el silencio.

A nadie le gusta ser rechazado socialmente y esto, unido a factores de entorno familiar, genera un sentimiento de culpa, se arraiga profundamente en la conciencia de la víctima, que además piensa que no la creerán o la harán responsable.

El trauma del abuso también puede bloquear los recuerdos como mecanismo de defensa, de hecho es probablemente la causa más relevante de por qué se tardan años o décadas en aflorar estos recuerdos, que suele coincidir con algún “disparador” o hecho relevante que capacita a la víctima para procesarlos.

 

Abuso sexual infantil: Romper el silencio

 

En el contexto del ASI se cita siempre el hecho de romper el silencio como mecanismo para dar el valiente paso hacia adelante y salir de la oscuridad y el silencio que durante tanto tiempo ha amordazado esos recuerdos y poder transmitirlos a otras personas, casi siempre allegados o familiares de muy primer grado.

Este paso exige valorar el propio sufrimiento y salir del aislamiento emocional donde el abusador confinó a la víctima, que con cuerpo ya adulto, aún convive con el niño que arrastra en su interior con muchas heridas abiertas.

El apoyo psicológico y del entorno cercano, habitualmente el familiar, es requisito esencial para sanar heridas y liberar una verdad callada por demasiado tiempo.

Contar lo vivido en el pasado no siempre es posible, y ni mucho menos “fácil”, pues requiere valentía y mucha capacidad para recordar hechos que forman parte de la memoria corporal y quedaron almacenados en la memoria implícita o inconsciente.

 

Existen mecanismos que permiten a una víctima “romper el silencio” y revelar estos abusos:

  • Terapia psicológica especializada en trauma.
  • Grupos de apoyo de otras víctimas.
  • Denuncia legal (si el caso no ha prescrito).
  • Hablar con familiares y amigos cercanos.
  • Escribir sobre la propia experiencia.
  • Activismo y concientización.
  • Buscar contención espiritual.
  • Terapias alternativas.

 

En mi caso hubo un disparador, que fue el asistir al documental «Examen de Conciencia» en Netflix, lo que revolvió mis entrañas y actuó como detonante para que, de repente, empezase a aflorar una cantidad ingente de recuerdos almacenados de la infancia que creí tener olvidados, o al menos escondidos en lo más recóndito de mi meta-memoria.

 


 

Lo siguiente fue una vorágine de imágenes, flashbacks y recuerdos inundando mi retina y gran parte de mi sistema neuronal, lo que me impedía poder dormir, generando un alto nivel de ansiedad hasta el punto de modificar mis biorritmos, descompensándolos y causándome muchos efectos colaterales a nivel físico y emocional.

Poco después, aunque en un rango de tiempo no muy grande, fui descubriendo que era esto de ser una víctima de ASI, y tratando de entender lo que me pasaba, fui encontrando por el camino tortuoso del descubrimiento del hecho a otras personas que también habían pasado por episodios similares siendo menores de edad.

Todo esto me llevó a relatar los recuerdos de esa infancia en un libro, aunque en un principio eran meros apuntes sueltos, un poco inconexos en el tiempo, que a medida que fui ordenando en mi cabeza, mientras afloraban más y más recuerdos, propiciados por conversaciones con otros amigos/as de la infancia, tomaron forma en un libro que me ha ayudado a sacarlo fuera.

A medida que he ido profundizando, por la necesidad imperiosa que todo adulto que tiene un niño abusado encerrado en su interior experimenta, he encontrado a otras personas afectadas, por lo que al final he podido descubrir que se trata de un mal endémico de la sociedad que existe desde hace muchas décadas y en todos los países del mundo.

¿Cómo procesas esto?, las cifras asustan, sobre todo cuando las pones sobre el papel y te das cuenta de que en todos los entornos sociales hay víctimas y abusadores, pero lo que más duele es saberte abusado por quienes en la infancia considerabas tus guías espirituales, porque esto quebranta cualquier principio del respeto y la credibilidad hacia los demás, particularmente a quienes velaban por tu alma.

 

Cuando hablas…

 

Cuando hablas, ¡explotas! y descubres todo el dolor que has estado cargando durante casi media vida en tus espaldas, también en tu interior, en el corazón y en tu corteza cerebral.

Sin embargo, lo que no sabes es que realmente no estás preparado/a para hablar, y eso te puede llevar por caminos equivocados, angostos y duros de gestionar. Por eso, ponerse en manos de profesionales en procesos de reparación emocional es esencial para salir adelante, de forma que recordar estos episodios no se convierta en una “revictimización constante” y en bucle que te lleve hacia la depresión u otros caminos.

Lejos de lo que algunas personas, carentes de empatía hacia los demás, creen que lleva a una víctima a relatar hechos de esta naturaleza, haciendo creer que les mueve el interés por una reparación material, que no emocional, quién ha padecido este tipo de agresiones o vejaciones lo primero que busca es ser escuchado.

Es una necesidad imperiosa el saberse escuchado por otro semejante, ya que esta escucha activa y empática nos valida emocionalmente, genera un sentimiento de comprensión y conexión, ayudando a sacar nuestro mundo interno.

Por otro lado, quien nos escucha puede orientarnos desde una visión externa única, pues su guía permite resolver problemas y enfocar mejor estas experiencias traumáticas.

Hablar sirve para canalizar los pensamientos, ordenarlos y tratar de buscar la forma de sanar, para dejar a un lado la pesada carga de la culpa impuesta mediante prevalimiento por quienes fueron los abusadores y perpetradores de tan abominables hechos.

 

Ningún silencio dura para siempre. 🤐