Vaya por delante que yo no apoyo ni justifico la pederastia bajo ninguna circunstancia, pues además de ser un crimen atroz que causa daños profundos y duraderos a niños inocentes, como persona, creo que es mi deber moral el denunciar y condenar categóricamente cualquier forma de abuso sexual infantil.

Como individuo y miembro de esta sociedad, considero un imperativo moral denunciar cualquier discurso, contenido o acción que promueva o haga apología del abuso hacia menores de edad. No hacerlo sería, desde mi punto de vista, ser cómplice silencioso de un delito aberrante.

En su caso, Sr. Savater, es deleznable leer su columna de El País, en la que utilizando un lenguaje aprovechado y torticero, da rienda suelta a sus más bajos instintos y hace valer su verborrea para denostar a todas las víctimas de abuso sexual infantil, que alguna vez lo fueron, y a las que a día de hoy siguen sufriendo esta lacra en todos los ámbitos, revictimizándolas de nuevo con su ignominiosa palabrería que más bien parece escupida que pensada.

Es posible que usted ya haya sido “magreado” tantas veces que tenga normalizada la situación, pero créame, «no son magreos, son ABUSOS».

Considero que la pederastia debe ser severamente castigada por la ley, y que tienen que tomarse medidas integrales para proteger a los menores y evitar que sean víctimas de depredadores, pues los pederastas no merecen ninguna comprensión ni tolerancia. Sus acciones son imperdonables y tiene que caer sobre ellos el peso de la justicia.

Como ciudadano, pienso que es responsabilidad de todos fomentar una cultura de tolerancia cero hacia la explotación sexual de niños. Todos tenemos la obligación moral, humana y social de proteger sus derechos, su inocencia y bienestar a toda costa.

Tenga usted claro que si soy testigo de un caso de pederastia, lo denunciaré inmediatamente a las autoridades para que el victimario sea llevado ante la justicia y procesado conforme a la ley. En este sentido, me encontrará usted de frente, señalando a quienes mediante prevalimiento y coerción traten de silenciar los derechos esenciales de la infancia y adolescencia.

Entiendo que la protección de los más indefensos debe estar por encima de cualquier otro interés. Por eso, no dudaré en señalar a quienes promocionan la pederastia y la violencia infantil, o hacen uso de un lenguaje manipulado para “llamar la atención” entre sus hordas de seguidores, aunque eso me genere problemas o críticas.

La sociedad tiene que enviar un mensaje contundente de que los niños no están solos, y que los adultos abusadores enfrentarán consecuencias graves. Solo con estrictos castigos, prevención, y apoyo a las víctimas es posible erradicar la pederastia y sus nefastas consecuencias.

Como adulto, siento la responsabilidad de crear y participar de una sociedad donde todos los niños estén a salvo de pederastas que puedan truncar su infancia y el resto de su vida, ya que cuando se sufre abuso de esta naturaleza, no se olvida ni un solo día de la vida, y por mucho que se trate de silenciar, la herida está ahí dentro, esperando a ser reabierta.

Cuando usted habla de indios para utilizar de forma torticera un eufemismo que enmascare lo execrable de la pederastia tratando de blanquear a quienes perpetran estos delitos, me recuerda por qué cada vez somos más quienes levantamos la voz, por miles de las más de 440.000 víctimas abusadas en este país, para dejar claro que no vamos a ceder ni un centímetro y que de aquí en adelante solo nos tendrán en frente, denunciando y señalando a quienes comenten abusos a menores y también a aquellas personas, que como usted, tratan de blanquear tan asqueroso acto.

Por si le sirve de dato, yo soy uno de esos miles de víctimas que aparecen, en forma de cifras, en el informe del Defensor del Pueblo, y puedo dar fe que hay muchas menos de las que la realidad esconde, pues el miedo, la vergüenza y el tabú que esto genera en la sociedad, les atenazan sus gargantas impidiendo que puedan hablar y contar esa verdad que llevan silenciando tantos años.

 
   Informe abusos sexuales en el ámbito de la Iglesia Católica y el papel de los poderes públicos
 

Yo tardé 42 años en poder hablar de lo que me sucedió cuando apenas tenía 10, 11, 12, 13, o 16 años, edades en las que fui abusado y me sigue doliendo solo pensarlo; sin embargo, usted, Sr. Savater, ha tardado 2 minutos, que es lo que se tarda en leer su columna del citado medio, en demostrar que es un Sr. Imbécil, carente de toda sensibilidad, lo que casi le despoja de su condición humana ¿qué le queda entonces?, hágaselo mirar, le hará bien.