Este 12 de noviembre se celebra el Día de la Iglesia Diocesana. Personalmente, no creo que haya algo que celebrar mientras la jerarquía católica siga ocultando y encubriendo los miles de casos de abuso sexual infantil y pederastia cometidos por sus sacerdotes y religiosos en todo el mundo.

En España más de 440.000, en Francia más de 330.000, por no olvidar los más de 1800 en Bolivia, 4800 casos datados en Portugal y los más de 9.000 casos de Irlanda, ¡todo un despropósito!

La Iglesia Católica, y en especial Jorge Mario Bergoglio, deben dejar de proteger a los verdugos y pasar a proteger de una vez por todas a las víctimas de los abusos. Basta ya de excusas y silencios cómplices. Queremos hechos y cambios profundos, no más palabras vacías y falsas promesas que no llevan a ninguna reforma real. Que se materialice el mantra “tolerancia cero” que tanto predica Roma.

 
Cura celebrando misa en una Iglesia Católica Diocesana
 

No es posible apoyar a una institución podrida que ha permitido sistemáticamente la violencia sexual contra niños y niñas indefensos.

Si la Iglesia Católica quiere recuperar un ápice de autoridad moral y credibilidad, debería:

 

  • Entregar a la justicia civil a todos los pederastas y encubridores sin excepción.
  • Resarcir completamente a las víctimas de abusos (Perdón y reparación).
  • Expulsar de inmediato a cualquier sacerdote abusador en lugar de limitarse a trasladarlo de parroquia.
  • Abrir los archivos secretos del Vaticano sobre abusos sexuales.
  • Exigir a las Diócesis que abran sus archivos y los pongan a disposición de las autoridades judiciales.
  • Denunciar públicamente y sin ambages la cultura del clericalismo y el abuso de poder en su seno.

 

La pregunta es, ¿dónde está el perdón y la justicia para las víctimas de abusos? ¿Dónde está la tolerancia cero que pregona el Papa Francisco? Sus palabras se las lleva el viento ante la falta de acciones contundentes para erradicar la lacra de la pederastia.

 

Obispos Estadounidenses. Foto: Vatican.Va

Foto: Vaticano. Va


 

Es momento de que la Iglesia deje de preocuparse más por proteger su imagen y reputación que por sanar las heridas de tantas víctimas destrozadas por dentro. ¡No más secretismos ni silencios cómplices! La oscuridad debe salir a la luz.

Toca reclamar una investigación transparente, independiente y exhaustiva en cada diócesis para conocer la verdadera dimensión del horror. Los obispos no pueden seguir investigándose a sí mismos sobre crímenes que ellos mismos han encubierto y permitido.

Roma los llama a capítulo, pero no parece que surjan cambios comportamentales después de esta llamada de atención desde el Vaticano, y con ello, los comportamientos se perpetúan por los siglos de los siglos.

Hay que denunciar la práctica sistemática de proteger a los verdugos trasladándolos de parroquia para que sigan abusando con total impunidad. ¿Dónde está la sanción ejemplar para obispos y cardenales que ocultan casos?.

Las diócesis deben entregar todos los documentos sobre abusos en el Vaticano para que se haga justicia. ¡Basta de complicidad y silencio entre las altas jerarquías!

La Iglesia debe poner en primer lugar a las víctimas, no la defensa corporativa de su imagen.

Uno de los principales problemas que exhiben muchas diócesis ante los casos de abusos sexuales por parte de sacerdotes es el encubrimiento y el secretismo. En lugar de afrontar con transparencia las denuncias y colaborar plenamente con la justicia, varias diócesis aún optan por el silencio, tratando de proteger la imagen de la Iglesia y del sacerdote implicado antes que buscar justicia para la víctima.

La lentitud e inacción con la que se manejan numerosas diócesis y la propia Conferencia Episcopal cuando surgen evidencias de posibles abusos de menores es muy grave.

En vez de actuar de forma expeditiva, se tardan años en tomar medidas disciplinarias contra los sacerdotes pederastas, promocionando de manera velada el que estos casos prescriban y las víctimas se avoquen a un callejón sin salida ni soluciones.

Asimismo, se critica la falta de sanciones ejemplares hacia los obispos y superiores que encubrieron casos, permitiendo que los abusadores continúen en contacto con niños.

Son muchas las diócesis donde prevalece la cultura de defensa corporativa, donde la protección de la reputación de la institución pesa más que el apoyo y resarcimiento a las víctimas de abuso. Persiste una mentalidad de “pactos de silencio” y de no revelar información comprometedora, en lugar de colaborar activamente con la justicia.

Hay una falencia importante visible ante la falta de medidas efectivas de prevención, protocolos de actuación y formación para evitar que se repitan los abusos. Del mismo modo, no se actúa con diligencia para resarcir apropiadamente el daño causado a las víctimas, que quedan indefensas.

Se acabó el tiempo de seguir como si no pasara nada. Es necesaria una Iglesia que proteja al débil y no al victimario.

Ahora más que nunca hay que gritar: ¡Basta de pederastia y encubrimiento!