Ir a los campamentos de verano era como sucedía en esas películas americanas de los años 70 u 80, donde la familia se iba al campo, a casa de los padres o abuelos, a descansar y recuperar recuerdos de la infancia. Los niños salían a correr por los maizales o plantaciones de trigo, como volando con los brazos extendidos, mientras las espigas rozaban sus manos y el viento hacía divertidos remolinos alrededor. Esa era la misma sensación que yo sentía cuando llegaba el verano y me enviaban a las colonias, a pasar una quincena en compañía de otros chicos del orfanato.

Si hay algo que me gustaba mucho de niño eran esos campamentos, a los que nos enviaban, ya sea porque no teníamos padres que se ocupasen de nosotros o porque de algunos, los suyos no tenían recursos para tenerlos en casa de forma esporádica en épocas de vacaciones escolares. Para estos casos las monjas recurrían a los socorridos campamentos de verano, lugares a los que nos mandaban casi como quién envía a un imberbe soldado a la guerra en un país extraño y desconocido, casi con lo puesto, pero cargado de ilusiones. La ansiedad que me invadía días antes de la partida se hacía notar, pues me volvía mucho más distraído y estaba más activo de lo habitual, incluso al llegar la noche me recuerdo rezando en la cama para que llegase vivo al día siguiente y pudiese ir en el autocar hasta la colonia o el campamento de turno.

Cada verano pasábamos al menos por una o dos acampadas de 15 días cada una, que tenían lugar entre julio y agosto, aunque en ocasiones terminábamos parte del verano en un colegio de curas, que llamábamos de colonias, en tierras de Asturias, en la localidad de Candas, junto al mar, donde se encontraba el Colegio de Antromero, que conocíamos como “la colonia” (antiguo sanatorio de niños enfermos de tuberculosis), gestionado por padres salesianos.

Pero el campamento de Covaleda acabó teniendo también su «talón de Aquiles» que vino a recordarme los momentos difíciles vividos de pequeño en el hospicio provincial, y si bien que hasta ese momento no tenía constancia manifiesta de haber sufrido abusos físicos íntimos, si los había padecido en otras formas, como castigos físicos y por supuesto psicológicos. En el campamento tuve que enfrentarme por primera vez que recuerde de forma consciente a un evento de naturaleza extraña y diferente, y que tuvo lugar en la enfermería, dentro del recinto, en una especie de cabaña de madera grande que se encontraba a un lado de la explanada junto a la capilla y zona de recepción, donde estaba la oficina de la dirección del campamento.

En la colonia de Antromero me sentía libre, podía bajar por las mañanas y tardes a la playa, cuando nos daban permiso, y muchas veces acompañados del Sr. Avelino, que era como el guarda del colegio, al que alguna vez ayudé a cortar la hierba y las ortigas en el prado que había junto a su casa, al lado del colegio, para ganar alguna propina que luego gastaba en el pueblo de Candás cuando los curas nos dejaban bajar una o dos horas por las tardes, al muelle a pescar.

Sentimientos encontrados de aquel lugar, que me despertaron el interés por el mar, la naturaleza y la libertad, aunque escasa, pero intensamente disfrutada, en aquellas escapadas a la playa o por los caminos que llevaban al pueblo.

De la misma forma que empezaron estos breves acosos fueron desapareciendo y por suerte con ello también se acabaron los días de estar en Covaleda (Soria) y volver al colegio, que aunque no era el mejor lugar en el que me gustaría estar, al menos tenía mejor controlado donde podía ir a esconderme.

Todos los veranos éramos enviados a campamentos en Santander, Asturias, Huesca o Soria. El de Covaleda me marcó especialmente por su dureza y tenebrosidad.

 
 
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Ángel Campos
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